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Simbología del fuego
Los innumerables ritos de purificación por el fuego de todas las culturas, generalmente ritos de pasaje, son característicos de culturas agrarias. Simbolizan, en efecto, los incendios de los campos que se embellecen luego con un manto verde de naturaleza viva. El protagonista, pues, es el fuego. El protagonista es el fuego, o mejor, los fuegos, de los mundos terreno, intermedio y celeste; es decir, el fuego ordinario, el rayo y el sol. Existen además otros dos fuegos: el de penetración o absorción y el de destrucción.
Se contemplan paralelamente cinco aspectos del fuego ritual, los cinco niveles de interpretación de todas las manifestaciones Tradicionales o Sagradas.
- El fuego es de cielo, pues sube, mientras que el agua es de la tierra, pues desciende (en forma de lluvia). El fuego es de origen terrenal y de destino celestial, mientras que el agua tiene origen celestial y destino terrenal. Puro y fuego no son en sánscrito más que una misma palabra.
- Según el Yi-king, el fuego corresponde al sur, al color rojo, al verano y al corazón. Esta última relación es por otra parte constante, ya sea que el fuego simbolice las pasiones (especialmente el amor y la cólera), o que simbolice el espíritu (el fuego del espíritu, que es también el aliento y un trigrama) o el conocimiento intuitivo, del que habla el Gitá.
- La significación sobrenatural del fuego se extiende desde las almas errantes (fuegos fatuos, linternas de Extremo Oriente) hasta el Espíritu divino. "Brahma es idéntico al fuego", dice el Gitá (4,25).
- EI fuego es el símbolo divino esencial del mazdeísmo. La custodia del fuego sagrado se extiende de la antigua Roma a Angkor. El símbolo del fuego purificador y regenerador se extiende desde el Occidente al Japón. La liturgia católica del fuego nuevo se celebra en la víspera pascual. La del Shintó coincide con la renovación del año.
- Existen las lenguas de fuego de Pentecostés. El papel del herrero introduce al de su pariente el alquimista, que confecciona la inmortalidad en el fuego de su hornillo, e incluso, en la China, en el fuego del crisol interior, que corresponde poco más o menos al plexo solar y al chakra manipura, situado por el yoga en el signo del Fuego.
- Los taoístas, por otra parte, entran en el fuego para liberarse del condicionamiento humano, apoteosis que evoca la de Elías sobre su carro de fuego. Entran también en el fuego sin quemarse; lo que, se asegura, permite citar a la lluvia (bendición celeste), pero evoca también "el fuego que no quema" del hermetismo occidental, ablución, purificación alquímica, simbolizada por la salamandra.
- EI hombre es fuego, dice Saint-Martin; su ley, como la de todos los fuegos, es disolver (su envoltura) y unirse a la fuente de la que está separado. Aún es preciso añadir a estos fuegos purificadores el de la China antigua, que acompañaba, en las entronizaciones rituales, el baño y la fumigación. Y por supuesto, en todas las regiones, el de las ordalías.
- Buddha substituye el fuego sacrificial del hinduismo por el fuego interior, que es a la vez conocimiento penetrante, iluminación y destrucción de la envoltura: "Atizo en mí una llama... Mi corazón es el hogar, la llama es el yo domado" (Sumyuuanikáya, 1,169). Los Upanishad aseguran paralelamente que quemar por fuera no es quemar. De ahí los símbolos de la kundalini ardiente en el yoga hindú, y del fuego interior en el tantrismo tibetano.
- Los druidas encendían grandes fogatas por donde se hacía pasar al ganado para preservarlo de las epidemias. San Patricio sustituyó por el suyo, el fuego de los druidas, en Uisnech, en el centro del pais, signo éste de que el cristianismo había de prevalecer definitivamente.
El aspecto destructor del fuego comporta también evidentemente un aspecto negativo y el dominio de este fuego es también una función diabólica. Señalaremos a propósito de la forja que su fuego es a la vez celeste y subterráneo, instrumento demiúrgico y demoníaco. La caída de nivel es propia de Lucifer, portador de la Luz celestial, precipitado a las llamas del infierno: un fuego que quema sin consumir, pero excluye por siempre la regeneración.
El Fuego, en los ritos iniciáticos de muerte y renacimiento, se asocia a su principio antagonista, el Agua.
Así, la purificación por el fuego es complementaria de la purificación por el agua, en el plano microcósmico (ritos iniciáticos) y en el plano macrocósmico (mitos alternados de diluvios y de grandes sequías o incendios).
La significación sexual del fuego está universalmente ligada a la primera técnica de obtención del fuego por frotamiento, en vaivén, imagen del acto sexual; la espiritualización del fuego estaría ligada a la obtención del fuego por percusión. El fuego obtenido por frotamiento es considerado "como el resultado (la progenitura) de una unión sexual.
Mircea Éliade señala el carácter ambivalente del fuego: es de origen o divino o demoníaco (ya que, según ciertas creencias arcaicas, se engendra mágicamente en el órgano genital de las brujas).
Se comprenderá entonces que el fuego sea la mejor imagen de Dios, la menos imperfecta de sus representaciones. Y por eso, explicaba ya el pseudo Dionisio Areopagita, se emplea tan a menudo en la simbólica teológica: "La teología, como puede constatarse, sitúa las alegorías sacadas del fuego casi por encima de todas las demás. Observarás, en efecto, que no nos representa solamente ruedas inflamadas, sino también animales ardientes y hombres en cierto modo fulgurantes; que imagina alrededor de las esencias celestiales montones de brasa ardiente y ríos que hacen rodar llamas con aturdidor estrépito. Por esa razón, los santos teólogos describen a menudo con forma incandescente esta Esencia supraesencial que escapa a toda representación, y es esta forma la que proporciona más de una imagen visible de lo que se osa apenas llamar la propiedad teárquica".
Como el sol por sus rayos, el fuego por sus llamas simboliza la acción fecundante, purificadora e iluminadora. Pero presenta también un aspecto negativo: obscurece y sofoca por su humo, quema, devora, destruye: el fuego de las pasiones, del castigo, de la guerra.
Según la interpretación analítica de Paul Diel, el fuego terreno simboliza el intelecto, es decir la conciencia, con toda su ambivalencia: La Ilama que sube hacia el cielo representa el impulso hacia la espiritualización. El intelecto en su forma evolutiva es servidor del espíritu. Pero la llama es también vacilante, lo cual explica que el fuego se preste igualmente a representar el intelecto en cuanto olvida al espíritu. Recordemos que el espíritu se entiende aquí en el sentido de supraconsciente.
EI fuego humeante y devorador, todo lo contrario de la Ilama iluminante, simboliza la imaginación exaltada... lo subconsciente... la cavidad subterránea... el fuego infernal... el intelecto en su forma rebelde: en pocas palabras, todas las formas de regresión psíquica.
EI fuego es también, en esta perspectiva, en cuanto quema y consume, un símbolo de purificación y de regeneración. Hallamos aquí el aspecto positivo de la destrucción: nueva inversión del símbolo. Purificadora y regeneradora, el agua también lo es. Pero el fuego se distingue de ella en que simboliza "la purificación por la comprensión, hasta su forma más espiritual, por la luz y la verdad; el agua simboliza la purificación del deseo hasta su forma más sublime, la bondad.
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