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El mito del vampiro
Aunque actualmente el mito del vampiro está personalizado por la figura del Conde Drácula, el inmortal personaje de la novela de Bram Stoker, no es ese su origen. Tampoco es cierto que Vlad Tepes El Empaldor, príncipe de Valaquia que reinó con singular crueldad en el siglo XV, al que se le atribuye el empalamiento de más de 20.000 prisioneros, fuese la fuente de inspiración de Stoker. La realidad es que el origen del mito vampírico se pierde en tiempos inmemoriales.
También es fruto de la novela de Stoker ese aire de nobleza decadente de Drácula, reforzada especialmente desde el éxito de la película Drácula, de Bram Stoker, donde Coppola nos muestra a un vampiro atormentado, capaz de enamorarse e incluso de ser compasivo. Bega Lugosi, el Drácula por excelencia, le dio elegancia e intensidad. Pero el mito real seguramente se parece más al espectro fantasmagórico de la mítica película de cine mudo Nosferatu (1922 F.W. Mormau).
Desde la antigüedad, las historias vampíricas se han ido sucediendo, y cada civilización ha nombrado y personificado a los vampiros de forma distinta, pero todos ellos tienen un rasgo común: se alimentan de sangre.
En Mesopotamia (actual Irak), cuna de nuestra civilización, se contaban historias sobre Lilitu: frígida y estéril, vagaba de noche y atacaba a los hombres para beberse su sangre. La influencia de la cultura mesopotámica en la hebrea también se reflejó en esto, pues se cree que Lilitu es el origen del mito hebreo de Lilith.
En el antiguo Egipto la diosa Srun, con hocico de lobo y largos colmillos se alimentaba comiéndose a sus víctimas.
En la antigua China, no había nada peor que toparse con Ch'Iang Shih, que era capaz de matar únicamente con su ponzoñoso aliento y después se bebía la sangre de la víctima.
Kali Ma, en la India, que tiene el cuerpo decorado con restos humanos, no duda en beber sangre de sus enemigos.
Al otro lado del Atlántico, en América, se encuentra Pihuychen, mito Mapuche, representado como una serpiente alada que se alimenta de sangre. En las culturas precolombinas también aparecen deidades a las que hay que ofrecer sangre y vísceras para no sufrir su ira.
En la antigua Grecia, Lamia, fue amante de Zeus, con el que tuvo hijos. Hera, furiosa, mató a los niños en venganza, y Lamia, enloquecida de dolor e ira, mató, extrayéndoles la sangre, a cuantos hijos de otros pudo.
No es el único caso: también encontramos a Empusa, de apariencia horrenda, pero con la capacidad de transformarse en una bella mujer para seducir a los hombres y beber su sangre. Otra variante vampírica son las Estriges: mujeres aladas con garras de rapaces que se alimentan de la carne y la sangre de los recién nacidos.
En conclusión: es un miedo tan antiguo como el hombre.
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