La batalla de Las Navas de Tolosa

En 1212, los reinos cristianos llevaban casi quinientos años arrebatando tierras a los musulmanes en la península, y en ese momento la frontera se encontraba en la llanura manchega. La ambición de los reinos cristianos mantenía una constante presión sobre Al-Ándalus, la región más rica y poblada de la península

España en 1212El rey Alfonso VII inició en 1139 un hostigamiento a los reinos de taifas realizando continuas incursiones, saqueando e incitando a la sublevación a las poblaciones almorávides. Intrépido y batallador incansable, llegó incluso a invadir Almería en 1147. Pero su ambición era superior a sus recursos y tuvo que abandonar la ciudad y tomar el camino de vuelta a León en 1157. Moriría antes de llegar. Sus dos hijos se reparten el reino, lo que significo la división del mismo de nuevo en Reino de Castilla y Reino de León.

En Marrakech, la capital del imperio musulmán, una nueva dinastía, los almohades, reemplazaban a los almorávides. Fervorosos creyentes y de ambición desmedida, decidieron poner orden en el Al-Ándalus.

En 1195 se produjo el inevitable enfrentamiento, con un nefasto resultado para las tropas cristianas comandadas por Alfonso VIII (nieto del intrépido Alfonso VII), pues sufrieron una humillante derrota en Alarcos, cerca de lo que hoy es Ciudad Real. Otra consecuencia peligrosa fue que dejó a las tropas musulmanas inquietantemente cerca de Toledo.

La situación era muy complicada para Alfonso VIII: a la presión almohade en el sur había que añadir la tensión con el resto de reinos que le rodeaban: León, Portugal y Navarra, que mantenían numerosos contenciosos territoriales con Castilla y podrían aprovechar su momentánea debilidad.

Fue el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada, el que daría con la solución: propuso a Alfonso VIII implicar al Papa Inocencio III para que declarase una Cruzada contra los almohades, de forma que, no sólo los reinos peninsulares, sino también el resto de Europa se implicase en la campaña promovida por Castilla. Y Ximénez de Rada lo consiguió: el Papa declaró la Cruzada. Esto era una garantía para Alfonso VIII, pues cualquier rey que se atreviese a atacar un reino implicado en una cruzada era excomulgado inmediatamente.

En el otro bando también había movimiento: el Miramamolín Al-Nasir, hijo del vencedor de los cristianos en Alarcos, ha cruzado Gibraltar al mando de un gran ejército que se dispone a reforzar con levas en Al-Ándalus.

El contingente cristiano se concentra en Toledo: al llamamiento del Papa han acudido el Reino de Portugal, la Corona de Aragón con Pedro II al frente y el Reino de Navarra comandado por Sancho VII el Fuerte. También acudieron los Templarios, experimentados guerreros, y cruzados procedentes en su mayoría de Francia, al mando del arzobispo de Narbona.

Los cruzados fueron desde el principio un constante dolor de cabeza para Alfonso VIII. Al llegar a Toledo, ciudad en la que convivían en paz cristianos, musulmanes y judíos, asaltaron la judería, la saquearon y asesinaron a algunos de sus moradores. El rey, aunque profundamente disgustado, guardó silencio por miedo a perjudicar la empresa que tantos años había esperado.

Finalmente, el 20 de junio de 1212 el contingente cristiano se pone en marcha: su número es aproximadamente de unos 70.000 hombres, aunque ha habido distintas teorías sobre los números de uno y otro ejército, dependiendo, claro está, de quién haga la crónica.

A los pocos días llegaron a Malagón, una fortaleza musulmana, que ofrece rendirse a cambio de que se respeten sus vidas y propiedades, algo común en aquella época en las ciudades fronterizas (que cambiaban a menudo de manos). Pero las tropas cruzadas extranjeras, que iban a la vanguardia, no atendieron a razones y tomaron la plaza y asesinaron a todos sus defensores.

El Guadiana estaba cerca y no tardaron en cruzarlo. Al otro lado les esperaba Calatrava la Vieja, una ciudad amurallada entre Castilla y Al-Ándalus, en manos de los musulmanes desde la muerte de Alfonso VII. Al frente estaba el andalusí Abu Qadis, curtido en mil batallas de frontera. Militarmente era evidente que ni el peor de los generales hubiese dejado a sus espaldas una posición armada de estas dimensiones, así que los cruzados lanzaron un ataque sobre ella. El ataque prosperó y Abu Qadis decidió negociar la rendición a cambio del respeto a las vidas y bienes de los defensores. Esta vez, Alfonso VIII participó activamente y aceptó las condiciones. Las tropas extranjeras que esperaban repetir el saqueo y la matanza de Malagón montaron en cólera. Esto, unido a las duras condiciones climáticas y a la escasez de suministros, motivó que finalmente los cruzados extranjeros se retiraran de la empresa. Esto supuso una reducción en un tercio de las tropas cristianas.

Las tropas cristianas, tras descansar en Calatrava, hacen su siguiente escala en un lugar cargado de simbolismo: Alarcos, escenario de la derrota sufrida diecisiete años antes.

La estrategia de Al-Nasir

Al-Nasir planteó desde el inicio una batalla posicional en la que el terreno jugase a su favor. Por eso apostó sus tropas en los desfiladeros de Sierra Nevada y cerró todos los pasos: esto le permitía elegir el lugar del combate y obligaba a los cristianos a atravesar la meseta acumulando cansancio en sus tropas y complicando su reabastecimiento a medida que se alejaban de Castilla.

El 11 de Julio de 1212 los cristianos situaron su campamento en Fresnedas. El ejército almohade estaba cerca, así que Don Diego López de Haro, que ya había comandado las tropas en la fatídica batalla de Alarcos, mandó a su hijo, don Lope, a inspeccionar lo que hoy es el puerto de Despeñaperros y tratar de situar al ejército almohade. La conclusión fue que el astuto Al-Nasir había dispuesto sus tropas de forma que la geografía jugaba claramente a favor, tanto que los cristianos se plantearon retroceder hasta el llano. Pero finalmente decidieron plantar batalla.

Un pastor

La tradición lo atribuye a una intervención divina, pero es posible que el hombre que se presentó ante las tropas cristianas y dijo conocer un paso no custodiado por el ejército musulmán fuese sólo lo que dijo ser: un pastor. López de Haro decidió, junto con un pequeño destacamento, seguir al pastor y comprobar si realmente era un paso practicable. Y así fue. El paso permitía llegar a la explanada Mesa del Rey, y daba una posición más equitativa a ambos ejércitos.

Los Ejércitos

Desde el momento en que Al-Nasir supo que el ejército cristiano había conseguido eludir la trampa, decidió explotar su mayoría numérica y comenzar la batalla lo antes posible. Pero los ejércitos cruzados no contestaron a la provocación y todo quedó en escaramuzas, de momento.

El 16 de julio de 1212 las tropas cristianas se prepararon para el combate. El ejército estaba organizado en tres cuerpos: al centro los castellanos, a la izquierda los aragoneses y a la derecha los navarros. En profundidad el ejército también constaba de tres líneas: la vanguardia, al mando de López de Haro, en segunda línea las órdenes militares: Templarios, Hospitalarios, Uclés y Calatrava. Y por último, el cuerpo de reserva, al mando de los tres reyes. La cifra de hombres totales se calcula entre los 50.000 a 70.000 hombres.

El ejército almohade estaba organizado igualmente en tres cuerpos: en vanguardia situaba tropas ligeras, de poca calidad y escasamente armadas, pero con una gran movilidad. Tras ellos, voluntarios de Al-Ándalus, tropas mejor preparadas y encargadas de parar el envite de los cristianos. En tercera línea se encontraban las tropas africanas, bien armadas, con caballería en los flancos y numerosos arqueros que lanzaban lluvias de flechas. Y en último lugar, la guardia pretoriana de Al-Nasir, conocida como la Guardia Negra, totalmente fanatizados y que, en prueba de su determinación a vencer o morir, se encadenaban unos a otros para evitar toda huida del fortín. Aunque se ha llegado a decir que Al-Nasir contaba con un ejército de 400.000 hombres, la cifra real se ha determinado entre los 100.000 a 150.000 hombres.

La batalla

Batalla de Navas de TolosaDiego López de Haro dio la orden de atacar, y se lanzó con la caballería sobre la primera línea musulmana. Pero las tropas ligeras no enfrentaron combate, sino que simularon una huida. La idea era atraer a los cristianos hacia el grueso del ejército almohade y ponerlo al alcance de los arqueros y a la vez atacarlo por los flancos con la caballería ligera. Y funcionó: las tropas cristianas perdieron el empuje inicial, se desorganizaron y luchaban dispersas, lo que restaba toda eficacia a la caballería pesada. Entonces contraatacó el ejército almohade.

Las tropas de López de Haro se mantenían a pesar del contraataque, aunque con serias dificultades, y había riesgo de que el frente se viniese abajo y fueran arrollados. Entonces Alfonso VIII tomó la decisión de lanzar contra los musulmanes todo cuanto tenía y movilizó las reservas, al mando de los tres reyes. Esta era la última y decisiva carga. Era imprescindible traspasar la tercera línea del ejército musulmán para desorganizar sus filas; si por el contrario esta nueva acometida era frenada, la derrota era casi segura. Pero la carga fue imparable. La caballería pesada cruzó el frente sin perder el orden de la marcha, de tal forma que impactaron de forma terrible sobre las tropas almohades. El ímpetu fue tal, que la caballería llegó hasta el fortín de Al-Nasir. Ahora eran las tropas musulmanas las que se desorganizaron, y perdieron toda su efectividad cuerpos claves como eran los arqueros, que no podían disparar sus flechas (pues ambos ejércitos estaban totalmente mezclados en la lucha); lo mismo sucedía con la caballería ligera almohade, ineficaz contra la caballería pesada si no disponía de terreno para maniobrar con agilidad.

La sangría fue espantosa. La concentración de muchos hombres en muy poco espacio elevó el número de muertos. Finalmente el pánico cundió entre los musulmanes y se lanzaron a una desesperada huida, incluido Al-Naser. Los cristianos los persiguieron ferozmente, insaciables de sangre, y continuaron con la matanza. Se dice que la mitad de los muertos en el bando musulmán se produjeron en esta huída.

Consecuencias

Esta batalla marca el inicio de la decadencia del poder almohade en la península.
Al-Nazir volvió a Marrakech humillado y vencido, atormentado por una derrota que nunca llegó a digerir. Murió dos años después.

Algunas crónicas cuentan que el Rey de Navarra, Sancho VII el Fuerte, fue el primero en llegar con sus hombres al fortín de Al-Nasir, pasar a cuchillo a la Guardia Negra y romper sus cadenas y las que rodeaban la tienda de Al-Nasir. Esto le dio el derecho a incorporarlas a su escudo, donde todavía siguen.

El desmoronamiento del ejército almohade no tan sólo alejó el peligro de invasión en el resto de la península (Al-Nasir había prometido llegar con sus tropas hasta Roma), si no que puso Andalucía al alcance de los reinos cristianos. Aún así, todavía quedaban casi 300 años para la toma de Granada y el fin de la presencia musulmana en la Península Ibérica.


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Jueves, 28 de Agosto del 2008

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