Educación para la convivencia

Resumen de la conferencia de José Antonio Marina, comentada por Cristóbal Pera, titulada "La sociedad en la era del conocimiento", que muy bien se habría podido titular "Educación para la convivencia".

A las 7 en punto de la tarde, José Antonio Marina, acompañado hasta el estrado por el Presidente del Círculo, se acomoda ante el micrófono que le corresponde en la mesa de tapete verde que preside una semicircular y acogedora sala de conferencias, repleta de un público que se muestra animado y expectante. Despliega sobre la mesa un buen número de folios, se desprende de su reloj de pulsera, y espera atento a que el presidente, con breves palabras, cumpla con el ritual de ensalzar los méritos del conferenciante invitado.

Sin más prolegómenos, Marina inicia su conferencia pronunciada con escasas ojeadas al texto escrito. Mediante una brevísima pincelada autobiográfica, con la que procura delimitar el campo de su interés, Marina se presenta al auditorio como un profesor de Bachillerato que trata de enseñar su asignatura (la Filosofía) a sus alumnos de enseñanza secundaria; no obstante, confiesa que intercaló en su biografía docente un periodo de excedencia, tiempo que dedicó a una empresa de horticultura, por razones de supervivencia.

Porque a él, lo que en verdad le interesa es la educación. Aunque (advierte enseguida) sus reflexiones sobre la educación se van a centrar casi exclusivamente en lo que la enseñanza secundaria actualmente es en España, y también en lo que debiera ser, ya que (confiesa tajante) la enseñanza universitaria nunca le ha interesado, porque la Universidad, dominada por una estructura fundamentalmente funcionarial, es escasamente creativa.

Con un discurso accesible y coloquial, en el que predomina la fluidez con la que se engarzan las ideas sobre la sistemática ordenación de éstas, Marina reflexiona sobre la crisis de la educación en la enseñanza secundaria, una crisis que afecta tanto a los alumnos, desmotivados y “pasotas”, como a los profesores, agobiados, estresados y, en suma, desilusionados.

¿Cuáles son las causas de esta crisis? En lo que se refiere a los desmotivados y ausentes alumnos, advierte Marina que en nuestra educación, tanto en la edad infantil (primera enseñanza), como en la adolescencia (enseñanza secundaria), se ha intentado una adaptación demasiado precoz y muy forzada al mundo de los adultos. Ante esta
adaptación forzada y nada estimulante, los alumnos se resisten a participar. En lo que respecta a los profesores en crisis, entiende Marina que en este clima incómodo de relación conflictiva con los alumnos, aquellos se encuentran escasamente asistidos por las autoridades responsables de la enseñanza secundaria. Como una muestra más de esta desatención, el conferenciante hace una breve digresión sobre la cortedad de la inversión educativa en España, un punto y medio por debajo cuando se con la inversión en la mayoría de la Unión Europea.

Pero, en este escenario de “aulas difíciles” para los profesores de la enseñanza secundaria, Marina cree que existen causas más profundas, que atañen al propio concepto de enseñanza. La clave de esta situación estaría, en parte, en la contradicción de objetivos de lo que se pretende que sea una enseñanza secundaria obligatoria: si por una parte, el objetivo de esta obligatoriedad es la homogeneización social, por otra parte, la pretensión de conseguir una buena calidad educativa implica, por sí misma, una estratificación social. En consecuencia, Marina considera que para salir de esta contradicción hay que insistir, desde el punto de vista educativo, en que una cosa es la enseñanza obligatoria y otra es la enseñanza voluntaria (la que se hace por los que tienen voluntad de enseñar a los que tienen
voluntad de aprender).

Para aliviar el desánimo de los profesores de enseñanza secundaria, Marina subraya que es urgente enseñar a enseñar, ya que la enseñanza es una función práctica. Cuando quiere subrayar su preocupación por la situación
actual en este terreno, Marina lanza una exclamación de resonancia orteguiana : ¡Es absolutamente indecente…!
Llegado a este punto de su disertación, Marina quiere transmitir a su auditorio una verdad como un templo: que frente al concepto de riqueza, según Adam Smith, ligado a la producción de bienes materiales (The Wealth of Nations), para una nación no hay mayor riqueza, en la actualidad, que la que se mide por el número de ciudadanos bien educados que allí viven y conviven. La educación, sin duda, genera riqueza en la era del conocimiento. Ahora se trata de dilucidar de qué educación se trata.

Para Marina, en esta educación debe ocupar un lugar predominante la apertura mental y el interés por la novedad, un interés que estimula la creatividad. Una idea de la novedad muy alejada (recuerda Marina) de la que se encuentra en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias: “Cosa nueva y no acostumbrada suele ser peligrosa por traer consigo mudanza de uso antiguo”.

Después de describir, con muy amplias pinceladas, la preocupante situación de la educación en España, se pregunta Marina: ¿Tiene solución este fracaso educativo en la enseñanza secundaria? Tras relatar prolijamente un ejemplo extraído del folklore germano (en el que el protagonista es un extraño caballo que, según aseguraba su
adiestrador, había “aprendido” a resolver problemas matemáticos) Marina se extiende en demostrar que la educación es algo mucho más complejo que aprender, por lo que “educar es cosa de todos”. Para ello, el proceso educativo de los niños y de los adolescentes debe desarrollarse, paralelamente, en el seno de los diversos “grupos” en los que tanto el niño como el adolescente conviven: la familia, la clase en la escuela, el “grupo” al que pertenece en la propia escuela, etc., hasta exponer una visión de la ciudad como instrumento educativo; una educación, en suma, generada a través y a lo largo de innumerables interacciones personales y colectivas. Esta participación colectiva (critica al paso Marina) no se da en la Universidad, en su opinión (de nuevo demasiado tajante) formada mayoritariamente por profesionales muy poco solidarios con el resto de la sociedad.

Llegado a este punto, como se ve que a Marina le gusta introducir en su discurso pequeñas historias o apólogos, en esta ocasión para ilustrar las imprevisibles consecuencias prácticas de las decisiones excesivamente teóricas, relata el cuento de las ratas chinas: el corolario es que si se intenta acabar con las ratas de un país pagando a los ciudadanos por cada rata muerta, los ciudadanos terminarán criando ratas para matarlas y cobrar por pieza muerta, con lo aumentará el número de estos animales. Lo que hacen falta (y el filósofo da un salto en su divagación) son
organizaciones inteligentes. Unas organizaciones en las que la interactividad desarrollada entre las inteligencias de sus miembros dé como resultado un plus de inteligencia que supera a la suma de las inteligencias individuales. Aprovecha de nuevo Marina la ocasión para insistir su crítica a esa Universidad “que no le interesa”: “no creo que la Universidad sea una organización inteligente”. De pasada, hace referencia (con toda justicia) al fracaso de los departamentos
universitarios. Una referencia más a esa Universidad “que no ha despertado su interés”: la Universidad- afirma- debe investigar (¡sin duda¡) y como argumento (quizá como memoria de su dedicación empresarial a la horticultura) trae a
colación el ejemplo de la Universidad holandesa, donde “se investiga con las flores".

Cerca ya del final de su conferencia se pregunta Marina ¿Qué tipos de personas queremos hacer? Ha llegado el momento de sacar a relucir lo que él entiende como una nueva idea de la inteligencia: la inteligencia emocional. Frente a la agresividad y depresión del mundo actual, en la educación no basta con cultivar una inteligencia que resuelva fríamente los problemas teóricos, sino una inteligencia que permita resolver los problemas de la vida práctica, una inteligencia con capacidad para resolver los problemas afectivos. La educación debe incluir la educación de los sentimientos.

Ya en este terreno, que le es tan propicio, Marina hace algunas aclaraciones etimológicas y recuerda a su público, por ejemplo, cómo la bella palabra griega “pathos”, entendida en su tiempo como "sentimiento", se ha transmutado y concretado en “pathos” como "enfermedad". Recuerda también, cómo en nuestro tiempo, la rotunda palabra "voluntad" va siendo sustituida por "motivación". Sea como sea, ahora es el también momento en el discurso de hacer referencia a la inteligencia creadora; una inteligencia capaz de aunar motivaciones diversas; una inteligencia creadora de estilos de vida; una inteligencia generadora de formas de convivencia que nos ofrezcan mayor probabilidad de ser felices. En suma, una inteligencia ética, que sea válida más allá de las culturas particulares.

Para completar su excurso final sobre la inteligencia creadora, inteligencia imaginativa, Marina se siente obligado a defender el papel de la memoria: Ortega decía… “para tener imaginación hay que tener mucha memoria”.

(Tras los merecidos aplausos, las felicitaciones de los que se acercan a saludar al conferenciante y las dedicatorias de algunos de sus libros, uno piensa que quizá el título más apropiado de esta interesante conferencia hubiera sido EDUCACIÓN PARA LA CONVIVENCIA).

Autor: Cristóbal Pera

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Sabado, 10 de Mayo del 2008

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