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Luces y sombras del Renacimiento
Fueron dos historiadores liberales, Michelet y Burkhardt, quienes a mediados del siglo XIX forjaron la visión tradicional que del Renacimiento ha pervivido hasta nuestros días.
Según estos, en los siglos XV y XVI se produjo un redescubrimiento de los valores humanísticos a la luz de la revalorización de la Antigüedad clásica grecolatina que realizaron los eruditos de aquella época.
Si bien es cierto que estas tesis clásicas han sido el punto de partida para el estudio de la cultura del Renacimiento, y a pesar de que durante años se han aceptado como dogma indiscutible, los historiadores revisionistas de los años 70 del siglo XX, como Huizinga, han aportado una serie de matizaciones orientadas a resaltar los elementos de continuidad entre el Medievo y la etapa inmediatamente posterior.
En efecto, las tendencias actuales en historia estan demostrando que el tránsito de una época a otra no se realiza en forma de brusca ruptura, sino que se trata de procesos largos y globales. El paso de la Edad Media a la Moderna no es una excepción.
De hecho, el alcance del movimiento renacentista afectó solamente a la élite urbana y mercantil europea, y si bien en Italia hallamos su primer foco -que sin duda será el más importante- ya a principios del siglo XV (Quattrocento), no fue exclusivo de ese ámbito geográfico.
El dinamismo económico que desarrollaron las ciudades-Estado mercantiles, ligado al hecho de que Italia es el núcleo original de la cultura antigua europea occidental, provocó la aparición y el interés de los mecenas de las artes y las letras.
Europa volvió, pues, sus ojos hacia Italia, y al lado de genios como Leonardo da Vinci (1452-1519) en la Florencia de los Médicis, Miguel Ángel (1475-1564) en Roma o Lorenzo Valla (1407-1457) en Nápoles, floreció también un humanismo paralelo al italiano en otros lugares de Europa, con figuras tan destacables como Thomas Moro (1478-1535) en Inglaterra, François Rabelais (1494-1553) en Francia, Elio Antonio de Nebrija (1444-1522) en la Península Ibérica o especialmente Erasmo de Rotterdam (1469-1536).
Erasmo, influenciado por el neoplatonismo de la Academia florentina, recogió las ideas humanistas referentes a la grandeza de la naturaleza humana y del despliegue armónico de todas sus potencialidades, gracias al libre albedrío que Dios ha concedido al hombre en su condición de la criatura más perfecta de la creación.
El humanista de Rotterdam efue pionero en enunciar, en su "Manual del caballero cristiano", una nueva religiosidad más interiorizada, basada en el regreso a la Bíblia como única fuente de la verdad divina y en la imitación de Cristo, y en criticar en su "Elogio de la locura" la mentalidad clerical, las órdenes religiosas y la superstición popular.
Pero Erasmo no rompió con la Iglesia: la unión de la cultura clásica con la cristiana fue la síntesis del ideal de todos los humanistas renacentistas. La Iglesia entraba en el siglo XV con la lacra del Cisma de Occidente (1378-1417), en el que las diversas facciones cardenalicias pugnaban entre ellas por apoderarse de la institución, interviniendo activamente en la política de los estados y olvidando a menudo sus deberes para con la acción pastoral.
Aunque en determinados sectores de la clerecía existía un deseo sincero de devolver a la Iglesia su unidad de gobierno, el extendido clima de deterioro moral entre todas las capas de estamento eclesiástico acentuó la insatisfacción de los anhelos religiosos de los fieles.
La concepción del pueblo como Comunitas Cristiana seguía siendo, a finales del siglo XV, un elemento de continuidad con la Edad Media. Pero ahora el cristiano de a pie se encontraba desamparado, abandonado por sus guías espirituales, y reclamaba una piedad más personal y una relación más directa con Dios.
La coyuntura de la Europa de la transición de la Baja Edad Media al Renacimiento se mueve en los parámetros establecidos por las consecuencias de la Peste Negra de 1348, agravadas por el hambre, las carestías y la omnipresencia de la guerra. A ello se añade, en el plano social, la mejora del nivel de vida del estamento urbano mercantil enriquecido, vista por las clases bajas como una muestra de exceso y soberbia.
Se multiplicaron los movimientos mendicantes y predicadores, que vaticinaban el fin del mundo por los muchos pecados de los hombres. Cada nueva calamidad era interpretada como un castigo divino, y el Juicio Final y la salvación eterna del alma se convirtieron en una verdadera obsesión para la mayoría.
En este ambiente de exaltación religiosa proliferó espectacularmente la creencia en la magia, la brujería y la superstición, así como las profecías y los milagros. Y ello tanto entre los estamentos populares como en los eruditos hasta, al menos, mediados del siglo XVII.
Todo ello queda reflejado no sólo en los escritos, sino también en el arte, como nos muestran, por ejemplo, las pinturas de Hyeronimus van Aken, "El Bosco" y tantos otros masestros primitivos.
Asimismo, en este clima de inseguridad la justicia se endureció hasta límites insospechados, y estos nuevos aires de una pretendida libertad de acción y pensamiento fueron sofocados por los gobernantes y las autoridades empleando para ello tribunales especiales como la Santa Inquisición.
La época del Renacimiento debe ser vista, pues, como un conjunto heterogéneo de momentos brillantes y atroces, de genialidad y horror, de luces y sombras.
Oriol Vilanova
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